En todas las conversaciones sobre cine y literatura, siempre surge un
alma cándida que piensa que el vampiro, personificado en la figura del
Conde Drácula, fue una invención del escritor irlandés Abraham “Bram”
Stoker. Pese a que, en efecto, fue el popularizó al inmortal bebedor de
sangre que traza sus planes a lo largo de los siglos, no fue en modo
alguno el creador del mito. De hecho, y como es bien conocido, para la
creación del personaje se basó en Vlad Draculea, también llamado Vlad
Tepes o macabramente Vlad “el empalador” que fue Príncipe de Valaquia
(correspondiente al actual sur de Rumanía) y que vivió entre los años
1431 y 1476. Su reinado de terror y su famosa crueldad contuvo una y
otra vez a los otomanos que rodeaban su reino dispuestos a aplastarle.
Rodeó su reino con entre 40.000 a 100.000 hombre empalados (según las
fuentes consultadas) para minar la moral de sus adversarios. Y lo logró.
Abraham “Bram” Stoker, el creador de la obra de Drácula, nació en
Clontarf, Irlanda, en el año 1847 y falleció en Londres, Inglaterra, en
1912, a la edad de 64 años. Firmó todas sus obras con la contracción de
su nombre, “Bram”, y así ha pasado a la historia. Su obra no se limita a
la mencionada y es autor de “La joya de las siete estrellas”, sobre una
momia que regresa a la vida, “La guarida del gusano blanco”, acerca de
una criatura ancestral capaz de adoptar forma humana y muchas otras que,
a pesar de poseer una calidad aceptable, no pasaron a la historia como
sí lo logró su máxima creación. De salud precaria, (pasó sus siete
primeros años de vida en la cama casi sin poderse levantar) se vio
obligado a comenzar su educación con profesores particulares. Con
posterioridad, en 1864, ingresó en el Trinity College y se graduó en
Matemáticas y Ciencias con matrícula de honor en 1870. Sin embargo se
dedicó a la abogacía.
Como decíamos, “Drácula” no es, ni de lejos, la primera novela sobre
vampiros. Publicada en 1897, recibió serias influencias de la obra de
Sheridan Le Fanu titulada “Carmilla” sobre una hermosa joven que resulta
ser un vampiro y que muestra una atracción amorosa hacia Laura, la
protagonista del relato. Por otro lado tenemos también “El vampiro”,
escrito por John William Polidori, en el que resalta el escepticismo de
la gente normal hacia la figura del vampiro como elemento fundamental
para que Lord Ruthven, que es una criatura bebedora de sangre, pueda
moverse con total libertad. Ambos personajes, “Carmilla” y ” Lord
Ruthven”, destilan una gran cantidad de erotismo y sensualidad en el
primer caso y romanticismo en el segundo. Tales aspectos fueron
recogidos muy posteriormente por la escritora Ann Rice en la creación de
sus “Crónicas Vampíricas”, emulando a Polidori en la ya conocida figura
del “vampiro romántico”.
Sin embargo, si atendemos a la historia y a la tradición, la figura
del vampiro viene de muy lejos. Por poner los ejemplos más reseñables:
el Asanbosam es un vampiro africano con grandes ganchos en lugar de
pies. El “Bichohindú”, vampiro panameño, tiene un aguijón en la lengua
con la que le quita la energía a las mujeres. El “Alp” es un vampiro
alemán, asociado con el “Boogeyman” y el “Incubus”, que ronda por las
noches los sueños de las mujeres. El “Incubus”, sin embargo, se hace su
amante y las atormenta en sueños. Tiene su versión femenina, el
“Succubus”. Las “Lamias”, de la Roma antigua y Grecia, son vampiros
hembras mitad humanos, mitad animales, que devoran la carne de sus
víctimas y beben su sangre. El “Mormo” es el vampiro de la mitología
griega sirviente de la diosa Hécate y procede del submundo. El Strigoii
es un vampiro Rumano que ataca en bandadas, como las langostas.
Pero aún quedan más: las “Tlaciques”, o brujas Vampiros de los indios
de Nahuatl en Méjico, pueden convertirse en una bola de fuego o en un
pavo y alimentarse sin ser advertidas. El “Upier” es un vampiro polaco
bastante inusual que se levanta a mediodía y regresa a descansar a
medianoche, con una lengua con púas y que consume cantidades enormes de
sangre. El “Varacolaci” es un vampiro rumano de increíbles poderes, del
que se dice que puede causar eclipses lunares y solares además de poder
realizar viajes astrales. Pero, por encima de todos estos nombres, el
público conoce muy bien otro nombre: “Nosferatu” que, pese a traducirse
como “no muerto”, no tiene una etimología correcta. Lo más parecido se
halla en la palabra griega “nosophoros” (νοσοφόρος) que significa
“portador de enfermedad”. El escritor Brian Lumley, de hecho, compara el
vampirismo con una enfermedad parasitaria en su obra.
Y así, con este preludio quizá un tanto tedioso para el lector
(entono un sincero “mea culpa” y me disculpo si es así) vamos a pasar a
comentar por fin la famosa obra de Bram Stoker.
“Cómo han sido ordenados estos papeles, es algo que quedará aclarado
al leerlos. Se ha eliminado todo lo superfluo, a fin de presentar esta
historia (casi en desacuerdo con las posibilidades de las creencias de
nuestros días) como simple verdad. No hay aquí referencia alguna a cosas
pasadas en las que la memoria se pueda equivocar, dado que las
anotaciones recogidas son rigurosamente contemporáneas de los hechos, y
reflejan el punto de vista de quienes los consignaron, tal como ellos lo
conocieron.” Con este párrafo tan convincente da inicio la obra de
Drácula. En ella, y como es del dominio popular, Jonathan Harker,
prometedor pasante de una prestigiosa firma de procuradores, es
apremiado a concluir unas negociaciones en Transilvania con cierto
Conde, de gran fortuna, que desea adquirir algunas costosas propiedades
en Londres. Su antecesor en el cargo ha desaparecido sin dejar rastro
aparente.
Una vez el joven ha llegado al castillo del Conde, tras ser testigo
de la superstición local, comienza a observar poco a poco cómo el
castillo en el que desarrolla su labor es lóbrego, siniestro y alberga
más secretos de los que parece a simple vista. Por insistencia del
Conde, que no admite una negativa, Harker escribe a los suyos para
indicarles que permanecerá durante más tiempo del previsto en esa
inhóspita región de los Cárpatos. El misterioso Conde le advierte que
sólo la habitación que se le ha adjudicado es segura, debiendo evitar el
resto del castillo. Cuando comprende que es prisionero del Conde, este
envía a tres seductoras mujeres que le mantienen vigilado. Pero sigue
haciendo averiguaciones como las cincuenta cajas que guarda Drácula en
el sótano, vitales para sus planes futuros. En su última entrada en su
diario, sabe que ha sido entregado a las tres mujeres definitivamente y
teme por su vida.
Al mismo tiempo conocemos de la existencia de su prometida, Wilhemina
(Mina) Murray, por la descriptiva correspondencia que mantiene con su
adinerada amiga, Lucy Westerna, que le responde contando sus deseos de
casarse y los tres candidatos que compiten por su amor. Uno de ellos en
Quincey P. Morris, joven millonario estadounidense de Texas, y único que
conoce la existencia de ciertos murciélagos que beben sangre. Otro es
el Honorable Arthur Holmwood, perteneciente a la alta sociedad
londinense y que si bien al principio de la novela se muestra más
pusilánime, su valor se va acrecentando capítulo a capítulo. Por último
está el Doctor John Seward, el más importante de los tres a efectos de
la narración por ser el director del manicomio donde está encerrado R.
M. Renfield que aguarda la llegada de su amo (que no es otro que
Drácula) y pedir ayuda a su antiguo mentor: el profesor Abraham van
Helsing.
Drácula comienza a desarrollar su estrategia trasladándose a Londres
junto con las cincuenta cajas de madera llena de tierra de Transilvania,
el único lugar donde puede descansar en paz, y tras un viaje infernal
en el barco Deméter (paradójicamente, es el nombre de una diosa griega
que, entre otras cosas, representa la eterna juventud). El Conde puede
convetirse en niebla, en cualquier animal inferior como murciélago, lobo
o simple niebla. Su fuerza e intelecto equivale a la de muchos hombres
en plenitud de facultades. Regenera las heridas sufridas y puede pasar
aletargado largas temporadas. Es especialista en muchas ramas del
conocimiento y no es un adversario que pueda ser tomado a la ligera.
Cuando convierte a Lucy Westerna en la Dama Blanca que asalta a la gente
por la noche, el grupo comprende que Drácula no se detendrá ante nada
para llevar a cabo sus planes y, lo que es peor, que están solos en su
cruzada.
Seguir narrando la trama sería realizar un completo desangramiento de
la misma (si se me permite la expresión) que la obra no merece. Se
trata de una novela que ha pasado a la historia no sólo de la literatura
de terror, sino la universal. Drácula se ha convertido en un icono, en
un arquetipo que muchos otros personajes han tratado de imitar con mayor
o menor fortuna. Sus antecedentes, además de los dos mencionados,
podemos encontrarlos en las obras de Nodier, Hoffman, Coleridge, Gautier
y en la persona de la tristemente real condesa húngara Erzsébet
Báthory. Conocida como la “condesa sangrienta”, se dice que tomaba baños
de sangre de jovencitas con los que creía que conservaría la juventud y
belleza. Si bien esta historia ha calado como “verdad histórica” por su
crueldad, no fue nunca realmente demostrada y se sospecha que fue una
maniobra orquestada para robarle su riqueza y sus propiedades.
“Drácula” ha recibido las alabanzas de diversos autores, entre los
que cabe citar al cínico y rebelde, pero siempre genial, Oscar Wilde. En
algunas ediciones, el libro presenta un relato corto titulado “El
invitado de Drácula”, cuya autoría nunca ha quedado clara del todo, y
donde Jonathan Harker tiene un encuentro con una mujer cuyos labios
están manchados de sangre y se despierta de su tumba en medio de una
tormenta. Con la casualidad de que uno de los rayos cae en donde ambos
personajes se encuentran y acaba con… Pero tampoco deben narrarse estos
detalles, pues es una obra independiente a la principal (aunque podría
ser encajada con mucho esfuerzo y buena voluntad) pues Harker desconoce
la existencia real de los vampiros hasta pasado un tiempo con el Conde.
Un Conde conocedor de su linaje, de la tradición que arrastra y de la
importancia que encuentra en perpetuar ambos por siempre.
La frase de entrada: “Entre usted libremente y por su propia
voluntad. ¡Y deje en ella un poco de la felicidad que trae consigo!” no
puede evitar a la entrada del Infierno de Dante donde en su última frase
puede leerse “Abandonad, los que aquí entráis, toda esperanza”. Y quizá
puede considerarse que Jonathan vive, en el castillo del Conde, su
infierno particular pues, aunque luego se ve obligado a combatir a la
criatura, lo hace en libertad, traumatizado y temeroso pero con deseos
de proteger a su prometida Mina de las garras de la inmortal criatura
que parece escupida de las mismas fauces del infierno. Es destacable,
además, que “Drácula” sentó las bases de las costumbres, miedos,
potenciales y habilidades del vampiro, siendo el eje y el ejemplo en
torno al cual giran el resto de narraciones basadas en la figura del
monstruo muerto en vida que se alimenta de la sangre de los mortales
para sobrevivir a través de las eras.
El cine ha realizado incontables versiones del Mito de Drácula siendo
las más populares las protagonizadas por el actor húngaro Béla Ferenc
Dezső Blaskó, conocido como Bela Lugosi, y el actor inglés Sir
Christopher Frank Carandini Lee, conocido como Christopher Lee, villano
por excelencia de tantas otras películas como la trilogía
épico-fantástica de “El Señor de los Anillos” o la segunda trilogía
(primera cronológicamente) de la saga espacial “Star Wars”.
Históricamente tenemos “Nosferatu” (“Nosferatu, eine Symphonie des
Grauens”, F.W. Murnau, 1922) y más actual la versión de Francis Ford
Coppola “Drácula de Bram Stoker” (1992) donde la banda sonora compuesta
por el compositor polaco Wojciech Kilar genera un ambiente magnífico,
envolvente y la mayoría de las veces terrorífico. Su temas,
principalmente de cuerda, progresivos y algunos románticos ayudaron al
éxito de la película.
Cabe destacar, quizá como última anotación, que Drácula forma parte
del imaginario colectivo como lo hacen otros monstruos usados hasta la
saciedad por la industria cinematográfica en general y por los estudios
de la Hammer en particular: la momia, el monstruo de Frankenstein, el
Doctor Jekyll y Mister Hyde, el hombre-lobo… y otros muchos que sólo la
literatura ha sabido transmitirnos fidedignamente, como son el espantoso
Cthulhu, la invisible criatura de “El Horla” (que inspiró el anterior
relato) o la terrible figura femenina de “La Venus de Ille”. Existen
ciertas criaturas cuya total esencia el cine aún no es capaz de
trasladar. Y no lo dudemos ni por un momento: Drácula es una de esas
criaturas.
Título: Drácula
EDITORIAL: Varias
Autor: Bram Stoker
Páginas: 138
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